Guarda los gritos de tu corazón para que no los oigan; acalla tus lamentos en un rincón para que no te encuentren; y aparta las lágrimas que brotan de tus heridas para que no las huelan.
Aplaca el castañeo de tus dientes, porque ellos oyen, huelen y ven tu miedo como si fuera un faro en la sombra, y lo buscan cual preciado alimento.
Porque ellos son el mal más puro que subsiste en el recuerdo.

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